UN DISCURSO ESCRITO Y PRONUNCIADO POR EL PRÓCER LUCITEÑO DR. FRANCISCO SILVESTRE ESPEJO CAAMAÑO

Recopilado por: Juan M. Carrasco D.

El siguiente texto es la transcripción fiel -incluye la ortografía de la época- de uno de los tantos discursos que llegó a pronunciar nuestro insigne prócer patrio, nacido en nuestra Santa Lucía querida, el jurista y abogado Dr. Francisco Silvestre Espejo Caamaño. El mismo fue tomado directamente de la biografía que sobre el referido prócer publicara el Dr. Héctor Parra Márquez, en la década del 1950, como una luz al mundo acerca de este “revolucionario hombre de leyes”, dándole así un merecido sitial en la historia patria. A decir verdad -y en ello vierto todo lo que de subjetivismo pueda recrear en mi alma este escrito- este discurso es una muestra no sólo de la vasta cultura que como jurista debía de poseer Espejo, sino que también nos confirma los profundos ideales patrióticos que poseía y su concepción de “Patria”, tan sublime en sí misma. Y aunque se trata de un discurso “en memoria de su consocio el ciudadano Lorenzo de Buróz”, Espejo no deja de reflejar allí su pensamiento, bien organizado, dividido en partes para su mejor comprensión; nos hace pensar en un Espejo “retórico”, un conocedor de las más profundas leyes de la oratoria forense.
En algo sí me detendré por completo, y es en las palabras casi “premonitorias” en los párrafos Nros. 23 y 24, donde en una elevación cuasi-nostradámica Espejo habla y confiere a Valencia -capital del actual Estado Carabobo- el papel de “campo” en donde se sublimarían los ideales de búsqueda de la tan ansiada libertad, auspiciada por una élite de próceres, como prediciendo, ya entre 1810 y 1813 -período de años en los que posiblemente se escribiera este discurso- la batalla última que librara de los españoles a la entonces Provincia de Venezuela: la Batalla de Carabobo.
Sin más preámbulo, dejo que Espejo, un luciteño forjador de libertades, desde su merecido lugar en la Historia de Venezuela, os hable.

DISCURSO PRONUNCIADO EN LA SOCIEDAD PATRIÓTICA DE

CARACAS POR EL DR. FRANCISCO ESPEJO, EN MEMORIA DE

SU CONSOCIO EL CIUDADANO LORENZO DE BUROZ

Fueron en todos tiempos las Repúblicas los talleres de las virtudes sociales: y lo fueron necesariamente por un efecto forzoso de los princi­pios elementales de su gobierno. No es tanto la fuerza de la lei, como en las monarquías, ni el brazo amenazador del príncipe, como en las sobe­ranías despóticas, cuanto un conjunto precioso de cualidades morales, el resorte principal que sostiene, agita armoniosamente, conserva y per­petúa la máquina republicana.

Nace de aquí que la más perfecta de estas no es aquella en que las leyes son ciegamente obedecidas, ni aquella en que el miedo de la pena conduce al hombre por el camino de su felicidad; sino aquellas que á estas dos bases fundamentales añade la de que sus ciudadanos posean en grado mas intenso, todos ó el mayor número de los atributos republicanos.

Mas, ¿qué atributos son estos, cuyos resultados encontramos á cada paso escritos en los libros, ó pronunciados por los sabios, ó verificados muchas veces á nuestra propia vista, pero nunca bien definidos é in­dagados en su origen? Ellos puede decirse que se hallan todos animados de un mismo espíritu en distintos cuerpos, y bajo de diversas figuras acomodadas á la razón de las profesiones, de los talentos, de la edad, del sexo, de las inclinaciones naturales, y del modo de existencia, de cada individuo. Podríamos para darnos á entender mejor, comparar el Estado popular á un templo en que, colocada sobre el altar cierta divinidad, to­dos los ciudadanos viven empleados con igual zelo en tributarla homenages y adoraciones, diversificadas según el respectivo ministerio de cada uno.

Ya comprendéis, ciudadanos, por esta espresion, que la divinidad, el único paladión colocado sobre las aras del templo, es la Patria, bajo de cuyo sagrado simulacro entendemos, no lo material del suelo en que hemos nacido, no la casa que habitamos, no el aire que respiramos, no los alimentos que nos sustentan, no la luz que nos alumbra, no el fuego que nos vivifica, no el lecho en qué nos reclinamos: y sí, la libertad común é individual contra toda opresión y dominación tiránica, la cons­titución sancionada por el pueblo, magestad de nuestras leyes, la forma interna y externa del gobierno, y aquellos sagrados derechos que por antonomasia llamamos los derechos del hombre y del ciudadano.

En efecto, la Patria en estos términos concebida, es el ídolo de los republicanos, y su ferviente amor á esta divinidad produce en ellos corno un cúmulo prodigioso de virtudes, las cuales son con respecto al amor de la Patria, como las líneas que parten del centro á la circunfe­rencia, ó como los rayos del sol reunidos en el foco de un espejo ustorio.

Es el amor á la patria el que en las Repúblicas transforma en virtud el amor paternal, que en las demás sociedades no es otra cosa que una emanación de la naturaleza. En aquellas no son como en estas los hijos los meros herederos del nombre y facultades temporales de los padres, ni los frutos estériles de una amable unión, ni el consuelo y el apoyo de la vejez solamente. La madre no mira á sus hijas tanto por este aspecto cuanto por el de que son las flores de la República, por el deseo de que fuesen mas hermosas para que la adornasen mas brillantemente, por el de hacerlas dignas de coronar algún dia el valor militar, y de que vengan á ser el precio de los sacrificios hechos al bien público; por el de limarles á este efecto sus talentos naturales, por el de inspirarles una activa emulación, y por el de temer continuamente que otras madres sean mas felices que ellas.

El padre mas franco en su ternura, por las vivas imágenes de su persona, reprime con todos los trasportes y movimientos de su corazón, cuando ve centellear en sus hijos el fuego sagrado del amor á la patria. Se ocupa en excitar en el genio naciente de estos la facultad susceptible del mas grande esplendor; se entretiene en infundirles una noble emu­lación con respecto á los jóvenes de su edad que mas se distinguen y sobresalen: enriquece su memoria en los ejemplos más gloriosos de la antigüedad: se inunda de gozo cuando observa presentado en sus sem­blantes el fuego patriótico, agitados y conmovidos de impaciencia sus miembros al referirle una bella y laudable acción. ¡Cual sería el noble orgullo de un padre de tres hijos que pudiese presentar en esto, á la República, un Orador, un Jeneral y un digno Majistrado! Pero reposa por lo menos en la confianza de que podrá ofrecerla tres ciudadanos de juicio sano, de corazón puro, y de costumbres no alteradas con los malos ejemplos.

Estimables Jefes de familia, cualquiera que sea vuestra profesión, estad seguros de que no seréis contados en el número de los ciudadanos pasivos ó meramente consumidores; también vosotros trabajáis cada día y cada hora por la patria. No tiene el agricultor mas derechos que vosotros á la publica gratitud. Si él alimenta la República, vosotros la fortificáis y hermoseáis, y los frutos que recibe de vuestra mano, no le son menos necesarios que aquellos cuya abundancia constituye la rique­za y el ornamento de los campos.

Es el amor á la Patria el que hace que la instrucción pública, que es el lujo de los grandes Imperios, sea en las Repúblicas una virtuosa necesidad. La libertad no puede conservarse en el seno de la ignorancia. Ella es la hija primogénita de la luz, como la esclavitud es el fruto vergonzoso de las tinieblas. ¡Qué puede esperarse de un pueblo estúpido! Este es un instrumento de injusticia, dispuesto siempre á obrar en favor de aquel que logra dominarle. El es capaz de destruir hasta á sus bien­hechores, si un ambicioso le persuade que su felicidad consiste en este acto de ingratitud. El es tan imprevidente, tan ciego que corre á la servidumbre, creyendo ir á la libertad, y que se precipita sobre su ruina, imaginando que marcha sobre su seguridad. El aprehende por realidades lo que es ilusión, por favores lo que es traición, por patriotismo lo que es crueldad, por amor del bien público lo que es interés personal. Los mas groseros impostores desnaturalizan á sus ojos las acciones mas generosas, le inflan de un vano orgullo, le repiten que todos los sucesos felices proceden de él, y todos los reveses de la perfidia de sus Jefes. Y oscure­ciendo de este modo las intenciones mas puras, los hechos mas heroicos, y los consejos de la prudencia, no tardan estos enemigos públicos en desalentar los verdaderos apoyos de la República, y en sepultar la patria bajo las ruinas de la libertad.

Para preservarnos de semejante catástrofe, es muí importante ilus­trar los espíritus, apoderarnos por lo menos de la generación que comien­za, formar su juicio, tenerla en guardia contra las declamaciones san­guinarias, contra las exajeraciones criminales que arrastran frecuente­mente al pueblo hasta mas allá de los términos de la justicia y no le preparan mas que remordimientos é inútiles retrocesos.

Es muy importante ademas, en lugar de repetir á la multitud estas palabras destructoras de toda sumisión y orden; Vosotros sois libres, vuestra voluntad sola es la que hace la ley, hacer resonar á sus oídos estas otras: la libertad no puede existir sin la ley; “el que se atreve á quebrantarla no merece ser libre, porque ataca la salvaguardia de la libertad pública. Si queremos ser libres y felices, fijemos nuestra libertad y felicidad en obedecer la ley, y en que ninguno de entre nosotros ima­gine elevarse sobre ella.

Es el amor á la patria el que hace que considerándose todos los ciudadanos iguales entre sí, é hijos de una propia madre, con iguales derechos, prerrogativas y representación civil, se estimen como verda­deros hermanos, y se produzca entre ellos esta especie de virtud, que consolida las Repúblicas, y que por desgracia es casi desconocida en los demás Gobiernos. Ha merecido el cultivo de esta virtud, singulares re­comendaciones á los antiguos y modernos Legisladores; y con mucha razón después que la experiencia ha enseñado que ningún suelo es mas apropósito para germinar la envidia (que es su vicio contrario) como el de una República. Los nobles Venecianos estuvieron obligados á ser los eternos opresores del pueblo, para conseguir que sus preeminencias fuesen respetadas. Si en las demás Repúblicas han de ponerse los funcionarios fuera de los alcances de la envidia, es preciso que ellos demuestren que su vida es dura y penosa. El ciudadano entonces viendo al Magistrado dirá entre sí: “si él nos manda por su empleo, su empleo le manda á él incesan­temente; yo soi mas feliz que él, pues que no siempre obedezco. “Si el rico ha de conciliar su opulencia con el pueblo, jamás se mostrará con exte­rioridades demasiadamente brillantes y fastuosas, dará á sus placeres todo el aire de reserva y obscuridades que sea posible, se compatizará con los pobres, se mostrará el tesorero de los indigentes, y para realzar más su beneficencia, prevendrá á estos en sus necesidades, escusándoles el rubor de la demanda.

Es el amor a la patria el que produce en las Repúblicas aquel con­junto de cualidades que llamamos costumbres. Si no puede existir Repú­blica alguna sin virtudes, ninguna virtud hay sin costumbres. No nos equivoquemos en la acepción de esta palabra. Las costumbres no son la triste abnegación de los mas dulces afectos, no es la austeridad de prin­cipios que extinguen todos los placeres, que destierran todas las gracias del espíritu, que excluyen todas las ilusiones, que marchitan todas las flores de la imajinacion, que alejan al corazón de fuegos que le vivifican, para sepultarle en habitudes frias y monótonas.

Las costumbres de un pueblo libre, son la probidad de la vida, y no la extensión de las facultades del hombre, aquel pueblo tendrá cos­tumbres que no ofenda jamás la honestidad pública, y que oculta lo que solo encanta porque es reservado. Tendrá costumbres el que dentro de sus recintos, no tolera la vagancia ni la ociosidad, y se gloría de que todos sus individuos son los mas aplicados é industriosos en sus respec­tivas profesiones y destinos: el que cuenta el número de sus ricos propie­tarios por el número de los establecimientos útiles que han hecho: el que celebra y aplaude la sobriedad de sus proceres, y sigue espontáneamente en esta parte sus laudables ejemplos. El ciudadano tendrá las costumbres del comercio, si es fiel en el desempeño de sus comprometimientos: las del Magistrado si es siempre equitativo en sus juicios: las del Sacerdote si enseña lo que cree, y recomienda lo que es honesto: las del soldado si prefiere la muerte á la afrenta, si somete sus inclinaciones y su voluntad á las órdenes de su Jefe.

Pero sobre estas y otras muchas virtudes emanantes del amor de la patria, se procrea y nace en las Repúblicas un atributo particular que generalmente denominamos fortaleza de ánimo, el cual con respecto á todos los del republicanismo, es como el alto cedro en comparación de los humildes arbustos, ó como el león en cotejo con los demás animales de la tierra. Esta virtud es verdaderamente la princesa soberana de las virtudes públicas, y ella por sí sola forma el carácter sólido de un re­publicano. Consiste principalmente en cierta fuerza de espíritu con que el hombre no solo aguarda, no solo resiste, no solo se ofrece, sino que desafía y solicita los mayores y mas inminentes peligros, por la salud y libertad común.

No se crea que ella es solamente propia de cierta clase de ciudadanos. Todos debemos poseerla, aunque no seamos obligados á manifestarla y ejercitarla de un mismo modo; ó en un propio género de actos. La di­ferencia tan solo está en que siendo las facultades morales de cada in­dividuo tan varias y diversas como las físicas, cada uno tiene el deber de aplicar las suyas con igual fortaleza y presencia de ánimo, á aquel género de servicio á que le arrastra su inclinación, ó en que espera para desplegar mejor su aptitud.

La clase militar, sin embargo mira esta brillante cualidad como un patrimonio tan naturalmente suyo, que en ella sola hace cifrar el carácter del soldado, del oficial, del general, del hombre en fin que lleva las armas. Ella es la que da el nombre de valor á todos los actos en que los campeones manifiestan la presencia de su ánimo, y la fortaleza de su espíritu para no confundirlos con los de los demás ciudadanos, que aunque emanantes de esta misma fuente, quiere que se llamen integri­dad, desinterés, imparcialidad, constancia, firmeza &.

No está quizá fuera de la razón el cuidadoso celo de los gue­rreros en esta parte. Sea enhorabuena laudable que el Magistrado por efec­to de la fortaleza de su espíritu, menosprecie las amenazas del poderoso, y los amagos del motín, para hacer triunfar la leí; que el legislador la dicte á los pueblos desentendiéndose de las fracciones que intentan do­minarle; pero se divisa sin duda cierto aire de mayor grandeza, ciertos rasgos mas brillantes, ciertos pasos mas sublimes y admirables en aquel ciudadano que cuando todo el pueblo tiembla, y se estremece a la vista de las huestes enemigas que vienen á devorarle, no solo se presenta á oponérseles, sino que marcha á encontrarlas, y sin asombrarse, ni inti­midarse por el estruendo de los tambores, por el ronco sonido de las trompetas, por el relincho de los caballos, por el brillante esplendor de las armas aceradas, por el filo cortante de los alfanges, por el estallido del cañón, por el agudo zumbido de las balas; interpone su pecho como si fuese una muralla de bronce á todos estos peligros, y sacrifica intré­pidamente, si es preciso, su propia vida por salvar las de sus conciudada­nos, y por salvar con la de estos, la de la libertad, y la de la patria.

Acciones semejantes como que se elevan á la esfera de prodigiosas, y como tales nos pasman, y nos arrebatan de admiración. Y de aquí es que en todos tiempos sus dignos autores fueron tenidos en la eterna me­moria de los pueblos, y elevados á los primeros honores entre sus con­ciudadanos. Para premiarlos dignamente fueron inventadas las ovacio­nes, las suplicaciones, los triunfos, las estatuas, los arcos, los trofeos, los monumentos públicos, y todos los demás ornamentos singulares, casi equivocables y análogos á los que se tributan á la misma divinidad, y cuales jamas, ó muy rara vez fueron decretados en obsequio de la tem­perancia, de la liberalidad, de la justicia, y demás atributos republicanos.

“Quae magno animo (decía Tulio) et fortiter excellenterque gesta sunt, ea nescio quomodo quasi pleniore ore laudamus. Y su sabio escolia­dor ilustrando este pasage, añade: Magnum enim videtur in publico civitates metu ac trepidatione, irruenti sese hostium agmini opponere, non tubarum sinum, non lituorum clangorem, non equorum hinnitum, non armorum fulgorem, non árida sanguinis tela, non crebis tinctus caedibus gladios extimescere, iré immo obviam ómnibus, et periculum ab alus praesenti vitae suae periculo depellere: pro aris et focis, protemplis et maenibus, pro salute ac libertate communi, ictus, vulnera, mortem denique, si resferat, non excipere tantum verum etiam uliro appetere. Haec qui praestiterunt in omni aetate, apud omnes populas clari, ilustres, honorati fuerunt. Illis orationes, suplicationis, triumphi, illis statuae, arcus, tropaea, illis monumenta publica, illis denique omnia singularia, et divinis honoribus próxima ornamenta decreta sunt, qualia ant nunquan, ant perraro temperantiae, liberalitate, justiciae tribunta legimus.

El Estado de Caracas, si pudiese en su naciente existencia desear algunas cualidades populares, no debería desconocer por lo menos la for­taleza de espíritu, la magnánima intrepidez, el heroico valor marcial que anima á todos sus ciudadanos. Bastante lo mostraron estos cuando en el Occidente obraron bajo de las órdenes del gallardo General ciuda­dano Francisco Rodríguez de Toro. Bien se demuestra diariamente en la firmeza con que contienen en el Oriente las hostiles irrupciones de los pérfidos insurgentes de Guayana: y bajo las órdenes del animoso Comandante ciudadano, Francisco Moreno. Demasiado le desplegaron cuando amenazados en Cumaná de una facción Europea, alevosamente apoderada del Castillo de San Antonio, la desarmaron, humillaron y escar­mentaron; y cuando arrojaron de sus playas á los viles ajentes del co­misionado de Puerto Rico.

Extraordinariamente desarrollada se vio la tarde del dia 11 del mes próximo pasado, en que apenas la patria imploró el amparo de sus hijos amenazada de una facción atroz y sanguinaria, cuando se pobla­ron las calles, cuando se inundaron los campos inmediatos de patriotas resueltos, que disputaban entre sí los peligros, que los arrostraban con la mayor firmeza, que buscaban y perseguían á los traidores y que disi­paron en un momento toda la tempestad.

Valencia en fin es el célebre teatro en que acaba de lustrarse mas la fuerza irresistible del espíritu de nuestros conciudadanos, esa virtud maravillosa que pone al hombre cerca de la divinidad. Una densa y espesa nube se levanta ya en aquella desgraciada región que vibra rayos contra nuestra libertad, y empieza á descender sobre nuestras cabezas. ¡Que unión tan consolatoria no fue para la patria en los momentos de haberse de­cretado la conscripción, ver que muchos de sus hijos se disputaban la fortuna de ir á verter por ella su sangre, y á exhalar en su servicio el último de sus suspiros! La legión de la patria se pone en marcha, y lle­vando á su cabeza al invicto, al impertérrito, al sabio, al experto y ve­terano General ciudadano, Francisco Miranda, aquella cree con razón que lleva en su mano la victoria. Son vanas las posiciones ventajosas que ha tomado el enemigo. Inútil es la sacrilega violación que este hace del sagrado derecho de las gentes. Infructuoso es su recurso á la mas obsti­nada y temeraria resistencia. El fuego de los cañones enemigos, inflama el de la libertad. La muerte de los hombres libres exalta el ánimo y valentía de los que les sobreviven. Todo cede en fin á la bravura de nuestras huestes, á la intrepidez y sabiduría de nuestro General.

¡Qué campo tan vasto no ofrece Valencia para el elogio, en las diversas acciones que presidieron nuestros campeones! ¿Quién podrá re­cordando este suceso, dejar de admirarse y complacerse en la dulce me­moria de los Mirandas, los Toros, los Bolivares, los Salías, los Palacios, los Rodríguez, los Flores, los Piñeiros, los Arévalos, los Guevaras, y otros cuyos nombres se transmitirán perpetuamente á nuestra posteridad?

¡Pero qué corazón habrá tan destituido de sentimiento que no se enternezca, ó que alma tan baja que no se eleve al oir el nombre del ciudadano lorenzo de buroz! Este joven digno de mejor suerte había ganado ya la confianza del general en dos acciones arriesgadas que puestas á su cuidado, desempeñó con honor, acierto y entereza. Apenas sabe que se le ha previsto para Comandante del cuartel general, mientras se dé el último ataque, cuando se presenta al Jefe y le conjura en el modo mas urgente y expresivo para que le mande al mayor peligro. No satisfecho con habérsele dado á entender la importancia del puesto que debía cubrir, interpone la mediación de los Proceres del ejército; obtiene su intento: se empeña en la acción: busca el enemigo: en lo mas sangriento de la lucha, una funesta bala atraviesa su generoso pecho. “He cumplido, esclama, con la obligación que me impuso la patria. Seguid compañeros mi ejemplo. Si es preciso morir, muramos libres. Nunca muere el que muere peleando por la libertad de su patria.

¿Qué lenguage es este tan nuevo y desconocido con que se explica un caraqueño al exhalar su último aliento? ¿Son estas las espresiones con que se despide un oficial que muere en la campaña, vil esclavo de un Rey á quien no conoce? No ciudadanos: estos son los amorosos sen­timientos de un intrépido republicano que muere por su patria. Buroz renovó por la suya los votos que hicieron los tres famosos Decios cuando para salvar á Roma sacrificaron su vida en medio de las legiones ene­migas. En Buroz se reprodujeron los de Quinto Mucio Scevola, cuando voluntariamente entregó al fuego su mano derecha por haber errado el golpe que dirijía contra el tirano Porcena. La fortaleza de ánimo de Buroz es la misma que se encontraba en el de Aristogiton y Armodio, cuando para trillar el camino de la libertad de Alhenas, dieron la muerte á Hiparco; y en el de aquellos inmortales Lacedemonios que en número solo de trescientos, detuvieron por muchos dias el tránsito sobre las Thermópylas al ejército innumerable de Jerges. Murió en fin este ilustre hijo de la patria, la gloriosa muerte de los héroes.

Es en el dia de hoy el tierno objeto de las sensaciones de la sociedad patriótica. Llora esta en su pérdida la de un consocio intimamente poseído de ideas francas, liberales y populares que muchas veces difun­dió por su propia voz sobre esta apacible corporación y demás circuns­tantes, con general aplauso de cuanto le oíamos. Llora la de un ciudadano estudioso, dotado de todas las virtudes públicas y domésticas que cons­tituían la esperanza lisonjera de la patria, el apoyo de una larga familia, y el consuelo de una madre tan virtuosa como él. Llora en fin la de un oficial que á pocos pasos y por lo que presagiaban su talento, su instruc­ción, su varonil aliento, y su presencia de ánimo, debería ser para el Estado Venezolano, lo que fue Leónidas para Sparta, lo que Epaminondas para Thebas, lo que Themistocles y Arístiles para Athénas, y que para Roma fueron Fabio, Scipion y Marcelo.

En tan funesta desolación, la sociedad incapaz de desmayar en medio de los mayores infortunios, y no tenemos que envidiar á Roma sus Fabios, etc. va á convertir este revés en ventajas de la patria. Si los tiranos han podido privar de la vida natural á una de las columnas de nuestra libertad, la sociedad le substituirá en la eterna gratitud de sus conciudadanos, en la inmortalidad de su nombre, en la gloria de su opinión, y en los indelebles fastos de nuestra historia, una vida mucho mas preciosa que la que ha perdido. Su busto y su epitafio, que serán en adelante los ornamentos de esta sala y de cualquiera otra en que se respire el aire vivificador de la libertad, serán monumentos públicos trasmisibles á los venideros siglos. Ellos inflamarán la noble emulación de las generaciones presentes y futuras. Y estas teniéndolos constante­mente á su vista, como si fuesen tocados de su electricidad, serán otros tantos héroes renacidos de las cenizas de aquel, para contener y refrenar el ímpetu de los tiranos, y de sus viles agentes. Estos son, ciudadanos, los votos de la sociedad. Tenéis abierta la senda que conduce á la gloria de la inmortalidad. Marchad sobre ella con paso firme y magestuoso. Imi­tad al primero de nuestros héroes, y preferid á una vida caduca y pere­cedera, otra cuya duración se conmensure con los tiempos y con los Im­perios, y que nunca dejará de ser, mientras que los hombres no des­conozcan la hermosura de la virtud.

Dr. Francisco Espejo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s